Las tradiciones son muletas que preservan la autenticidad de lo que fue cotidiano, pero el milagro es que lo cotidiano pueda trascender la tradición y llegue al presente sin ornamentos ni adornos, eterno y genuino, sin sabor a antiguo, sino fresco, vivo.

En un pueblo sencillo, donde el folcklore aun no ha sustituido por completo a la memoria viva, se puede tener la suerte de conocer de primera mano los usos y hábitos de la vida en contacto directo con el entorno natural.

Yo he tenido la suerte de haber crecido criada casi a partes iguales por mis padres y mi abuela, dos generaciones que divergen diametralmente a partir de los cambios socio politicos del pais. Mis padres fueron los jovenes que sostuvieron la transición y mi abuela vivió el final de sus días como la eterna continuación del final de una posguerra que para ella nunca dejó de amenazarnos.

Mis padres necesitaban avanzar sobre los nuevos tiempos, mientras que mi abuela podía permanecer en sus recuerdos proyectando su experiencia y sabiduría sobre nosotros.

Ella, sin saberlo, creó en mí un vínculo muy sólido con su propia vida y entorno, y en mí se volvió atemporal. En las largas tardes de primavera y verano, las fotografías de su juventud y sus historias sobre nuestros familiares en el pueblo y sobre todo en el campo, en las rañas, ponían aquellas vivencias al alcance de mi mano para perpetuarlas en el tiempo.

En invierno, los que ahora siento como muy afortunados apagones electricos, hacian desvanecerse las paredes de la casa y del mismísimo pueblo y recreaban vívidamente la sierra y el monte a la luz del aceite del mágico candil.

Las muchas visitas a otras ancianas de su círculo me llevaba a las vivencias de otras familias, y, como un colectivo en mi mente, daban forma a un grupo cerrado y completo de habitantes en equilibrio y simbiosis con sus campos, sierra y animales.

Y sus manos. Recuerdo perfectamente sus manos, siempre laboriosas, con el movimiento templado por mil repeticiones, el agarre suave pero firme, la fuerza ligera pero segura. Cocinaban, cosían, tejían, peinaban y acariciaban. Y ahora las comprendo además, mucho antes de yo nacer, en contacto con el agua del río, o limpiando los enseres con tierra fina y limpia, o azuzando el fuego, o recolectando plantas, o flores.

Yo no viví aquello, pero ella me lo transmitió con su palabra y su crianza. También mis padres y familia cercana. Ellos también vivieron en el mismo pueblo. Un pueblo de un pais que cambió tan drásticamente que tenemos el conocimiento suficiente retomar aquellos momentos atemporales, en los que el fruto de un árbol existe sin el artificio del hombre y en los que, si el hombre come ese fruto, vive sin su propio artificio.

Hemos hecho de lo natural una moda, un capricho, casi, otro artificio más.

Somos afortunados, pues los pueblos aun preservan la autenticidad de nuestra experiencia en lo natural, con rigor, el rigor de la experiencia vital. Y sus mayores son los árboles centenarios de nuestro bosque humano, el bosque que nos conecta con los rios subterráneos y el aire más puro.

Hoy soy capaz de comprender esto por haber vivido en un pueblo hace más de veinte años. No importa el tiempo, importa que puedas ver todo lo que hay en las manos de tus mayores. En sus manos, y en sus ojos. Ellos son, hoy, la mano de la naturaleza que aun intenta acercarse a nosotros y devolvernos a su regazo.

Si tan solo nos dejasemos alcanzar…

manos-anciano

Dedicado a mi querida y añorada abuela, Juana Masa Alberto.

Texto utilizado en parte por el programa de Radio Nacional (RNE3) El Bosque Habitado el día 4 de Junio de 2017 y que puedes escuchar en el siguiente enlace (programa íntegro o minuto 44:44 para dirigirte el extracto del árticulo):

El bosque habitado – Una familia neorrural. Con Carmen Briongos

 

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