Nota 01

Bueno, ¡ya estamos aquí! Perdonad mi voz, acelerada y entrecortada a veces; acabo de llegar, todo es nuevo para mí y a mi alrededor hay mucha actividad.
Estos son mis primeros minutos en la Ciudad de Paso, uno de sus varios nombres. Estoy registrando el momento, como alguien me recomendó, grabando mi voz.
Por la información que nos dieron, creo encontrarme en una de las entradas del recinto. Obviamente estoy dentro (única situación posible) pero en el perímetro, al borde de la ciudad, en un claro al que se llega por aire. Los árboles son mucho más altos de lo que imaginaba. Rodean estrechamente esta especie de entrada vertical y apenas permiten ver el cielo sobre nosotros.
Estaría bien encontrar un lugar donde dormir antes de que caiga la noche. Parece ser que no es difícil, pero tampoco existe un procedimiento concreto a seguir.
Tampoco es ninguna urgencia. Tengo tiempo de sobra. Creo que voy a quedarme aquí unos instantes para recuperar la orientación. Se escuchan músicas viniendo del interior del bosque. La gente a mi alrededor pareciera guiarse por ellas para dirigirse a lugares donde fuera a comenzar algo interesante. La invitación es irresistible. Hay quienes, en grupo, adelantan entre ellos la excitación de la diversión por llegar. Son, todos, rostros de entusiasmo, o, si no, de atenta escucha. Hay quienes, como yo, observan e, igual que yo, se maravillan por lo que ven.
No sé cuánto llevan los demás aquí. No hay ninguna prisa ya por llegar a ningún sitio. Nadie sabe tampoco dónde va a terminar, ni cuánto tiempo le va a llevar llegar allí. Todos llevamos dentro una pequeña bomba de relojería genética que no se sabe cuándo puede desencadenarse o por qué motivo, o si, tal vez, nunca lo hará. Todo lo que hacemos es su producto, y todo lo que hacemos la hace evolucionar, simultáneamente. Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer es dejar la mente libre y actuar espontáneamente. Sigo teniendo la inercia de hacer lo que se tiene que hacer, lo que no es nada malo, por supuesto, pero, para que se entienda mejor, si quisiera quedarme justo aquí toda la tarde y toda la noche, y terminara durmiendo al raso, en el suelo, no pasaría absolutamente nada. Y si hiciese lo mismo de nuevo al día siguiente, y el día después, nada ni nadie me lo impediría. Incluso si decidiera permanecer así indefinidamente podría hacerlo sin impedimento hasta morir. Si ello es mi decisión más íntima, si todo mi ser me lleva a hacer eso sin conflicto y en paz, así terminaría ocurriendo. Justamente gracias a aquella bomba genética de la que hablaba antes. Es una especie de brújula oculta que le muestra el camino a nuestro subconsciente, dejándole a nuestra consciencia una sensación tranquilizadora de falso libre albedrío.
Yo diría que esto no es nada del otro mundo. De hecho, creo que antes también ocurría lo mismo en cierta manera, solo que era más un tema de creencia que una evidencia científica. La diferencia es que, ahora, a todos nos han hecho portadores de la sudodicha evidencia, y ella misma se manifiesta según el diseño elegido por cada cual, con lo que no hay lugar a la duda ni necesidad de la creencia.

El cielo sigue teniendo el mismo azul. Parece que hubieran pasado horas y, sin embargo, apenas han pasado unos minutos. Las músicas siguen llegando del interior, mezcladas con el bullicio festivo de las gentes.
Creo que, por fín, voy a abandonar el terreno cómodo del atila, ese donde no tiene que poner atención de por donde pisa sin miedo a que la hierba no vuelva a crecer. No es poesía, es un hecho, otra de las leyes de la Ciudad de los Atilas (que también le dicen) como esa de la bomba genética, y que está relacionada con ella: por donde nosotros pisamos no crece la hierba. Aunque más bien es lo contrario, el bosque cede pasos y caminos dentro de la ciudad para que podamos desplazarnos dentro de ella. Pisar fuera de las franjas cedidas se traduce en una especie de urticarias más o menos dolorosas según seamos más o menos atilas, es decir, según nuestra brújula genética esté más o menos evolucionada, o desarrollada como se dice más coloquialmente. Es todo una cuestión química de conversaciones de fitoncidas, ni más, ni menos, ahora que nosotros también las producimos. Y, por lo que puedo observar, el lugar donde me encuentro es un espacio de absoluta acogida; sin una sola brizna de hierba, el más patoso de los atilas puede moverse sin miedo de urticarias ni picores.
También empiezo a tener hambre. Me dejaré llevar por la química, esta vez de los olores. Envueltas con la música llegan notas de especias y hierbas flotando en los vapores de caldos calientes. Otra invitación a adentrarse en la ciudad del bosque a la que tampoco voy a resistirme.

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