NUESTROS MONUMENTOS NATURALES VIVOS por JUANA GUISADO MORENO

NUESTROS MONUMENTOS NATURALES VIVOS

“Los árboles son santuarios”. “Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa. Eso es la verdadera felicidad”.

Hermann Hesse (1877-1962)

Es necesario amar y proteger nuestros árboles. Ellos son testigos mudos de nuestra historia y en ellos está “el alma” de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos.

Por medio de estas páginas he querido dar a conocer algunos de nuestros árboles más viejos de los entornos y parajes de Navalvillar de Pela, “nuestros abuelos”. De alguno de ellos he contado su historia real, como es el caso del Alcornocón, en tanto que las historias de otros son leyendas orales, contadas y transmitidas de generación en generación a lo largo de los siglos. Hay algún caso incluso en que yo misma he tejido historia, al calor de lo que ellos generosamente me han sugerido o susurrado al oído.

La mayoría de nuestros árboles son anónimos, pero no por ello menos importantes. Todos tienen más que ganado el título de “singulares”. Cuando los observas y los conoces, entiendes la importancia de su existencia y el papel primordial que juegan en los necesarios equilibrios de la naturaleza. Los árboles “fabrican” el oxígeno que demandan nuestros pulmones, imprescindible para la vida humana y la de la mayoría de las especies; reducen la erosión del suelo; previenen la desforestación y la pobreza de los campos; constituyen la “despensa saludable” del hombre y de muchos animales y el confortable refugio de numerosas especies (incluidas las que existen en los cuentos y los sueños infantiles, como duendes, hadas, elfos …). Por éstas y mil razones más, la vida sin ellos no sería posible.

Bien puede decirse que los extremeños tenemos la suerte de vivir en enclaves privilegiados, no sólo por su belleza, sino también por el aire limpio que nos permiten respirar. Y el contacto directo con la naturaleza nos ha enseñado a amarla y respetarla, favoreciendo con nuestro modo de vivir el equilibrio entre agroecosistemas (olivar, dehesa y regadío) y nuestra sierra, habiendo sido incluidos “Pantano de Orellana” y “Sierra de Pela” en la Red Natura 2000 de la Unión Europea como Lugar de Interés Comunitario (LIC), Zona Especial de Conservación (ZEC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA). Nuestros árboles son el mejor patrimonio natural que hemos heredado de nuestros mayores, y que tenemos la obligación de preservar para las generaciones futuras.

EL ALCORNOCÓN DE VALDELOSILLA
(LA NACENCIA)

Es el alcornoque más grande de la sierra. Sus hermosas ramas que se alzan hacia el cielo le encumbran sobre todos los demás árboles del campo, dando vida y protección a todo ser que se le acerca.

El Alcornocón, conocedor de tantos secretos y acontecimientos vividos, tiene una bella historia que contarnos. Es la historia de un nacimiento, “La nacencia”, que ya nos describió Luis Chamizo en el “Miajón de los Castúos” y que justamente tuvo lugar bajo el espeso ramaje de este noble árbol. Si acercaras la oreja a su rudo tronco podrías escuchar el relato que El Alcornocón tiene que contarte porque él fue testigo mudo, hace ya mucho tiempo, del nacimiento de una niña, Petra Moreno Cabrera. Y te diría así:

“Los padres de Petra, Francisco Moreno y Rosario Cabrera (conocidos en el pueblo como Francisco Husero y Rosario Parpala) vivían, como tantas otras familias en aquella época, en chozos construidos en la sierra, con sus cinco hijos. Francisco era cabrero, cuidaba y criaba su rebaño de cabras, ayudado por sus hijos más mayores y sus mastines. La primera tarea del día era ordeñar las cabras. Después, salía con el rebaño al monte para que se alimentasen hasta el anochecer, que volvía a encerrarlas en el chozo, para proceder al ordeño de nuevo.

Rosario, además de cuidar a la familia y dedicarse a las tareas domésticas, hacía quesos con la leche de cabra, que después vendía en el pueblo. La familia se sustentaba, básicamente, de la venta de los cabritos y del queso. Era una vida dura, pero disponían de todo lo necesario porque también tenían gallinas y criaban sus cerdos para la matanza, con lo que se aseguraban la despensa llena todo el año.

Para los niños la vida en el monte era maravillosa porque, aunque ayudaban a sus padres en los quehaceres diarios, la mayor parte del tiempo se dedicaban a jugar con sus vecinos y a hacer travesuras. Eran felices, les gustaba la libertad de la que disfrutaban y amaban a los animales con los que convivían.

Pero, un día, la madre que esperaba un nuevo bebé se puso de parto y el matrimonio tuvo que volver al pueblo para que Rosario pudiera ser asistida por la comadrona, dejando a su hija mayor al cuidado de los hermanos y animales hasta su regreso.

Salen del chozo con Rosario montada en el burro, pero a medio camino tienen que parar porque la mujer siente fuertes dolores y las contracciones son cada vez más frecuentes. Buscando cobijo se arriman a mí y, bajo mis ramajes, Rosario pare. Francisco ayuda a su mujer en el parto y, cuando nace el bebé, corta el cordón umbilical con las tijeras que empleaba con los cabritos. ¡Es niña! – dice gritando de alegría – ¡Es hermosa y está sana! La recoge con el mandil, la besa y se la entrega a la madre para que la amamante. Será fuerte –dice orgulloso–, como lo son sus abuelos, como lo son sus padres y hermanos, y como lo es la tierra que la ha visto nacer.

Lo que pasaron ese día sólo ellos y yo lo sabemos. La angustia sufrida, dio paso a una gran alegría, ante la inmensa emoción que sintieron al ver la carita de su hija”.

El anterior relato que nos cuenta el Alcornocón, a buen seguro tuvo que ser muy parecido a como lo describe Luis Chamizo en su poema La Nacencia, del que se expone un fragmento a continuación:

Fragmento de la Nacencia
Asina que nació besó la tierra,
que, agraecía, se le pegó a su cuerpo, 
y jue la mesma luna
quien le pagó aquel beso…
¡Qué saben d’estas cosas
los señores aquellos!
Dos salimos del chozo,
tres golvimos al pueblo.
Jizo Dios un milagro en el camino:
¡no podía por menos!
Petra Moreno Cabrera

Esa niña tiene hoy casi 89 añitos. Su vida ha sido dura, pero siempre ha salido adelante cuidando de los suyos, y haciendo de ellos gente buena y honrada. Vive rodeada y llena de cariño y mimos de sus hijos y nietos. Goza de salud, con algún que otro achaque propio de la edad, y algo sorda, pero con la misma sabiduría y lucidez que siempre le caracterizó. Mi agradecimiento a su hija, Juani Ruiz, por hacerme partícipe de esta entrañable y bonita historia, que nunca hubiera llegado a mis oídos de no haber sido por su generosidad.

LA ABUELA Y EL PILAR DEL AGUA VIEJA

Es una de las encinas más viejas del pueblo. También es sabia y protege con un enorme abrazo todo su entorno como la gran abuela que es.

Se encuentra en el Paraje Natural del Cerro del Pilar. De hecho, la historia del Cerro del Pilar no se entiende sin la mano de esta sabia matriarca. Ella conserva intactos en su memoria los recuerdos de todo lo que ha visto y oído a lo largo de tantos inviernos y primaveras, otoños y veranos que ya ha perdido la cuenta, pero ello no le impide poder dar fe de todo lo acontecido en este cerro.

Este paraje es conocido como el “Pilar del agua Vieja”. Abrevadero de ganado, utilizado en el pasado para dar de beber a yuntas de animales de tiro, ganado ovino, caprino y equino, ha llegado hasta nuestros días aprovechando un manantial subterráneo que recoge sus aguas de laderas próximas. Según investigaciones y testimonios orales de los vecinos de la localidad, existe constancia de su uso desde mediados/finales del siglo XIX.

Según cuenta una antigua tradición, las recién casadas mojaban su pie derecho en las aguas del Pilar para garantizar su descendencia, tal como recoge la maestra y escritora local María Petra Baviano Asensio en su libro Ecos de la Siberia. Así, era ritual, después del desayuno, encaminarse los desposados y un nutrido acompañamiento juvenil al Pilar del Agua Vieja, situado en una hondonada a un kilómetro del pueblo. Allí, en presencia de toda la comitiva, debía introducir la novia el pie derecho en el agua para asegurar la descendencia. Esta curiosa costumbre se fue perdiendo a principios de siglo XX, aunque hay testimonio de ella en la “Jota de boda”, que cantó y grabó el grupo local de Coros y Danzas, “Pelindongo”, que dice así:

“Al otro día de casados
al pilar del Agua Vieja
va la novia y moja el pie
para tener descendencia”.

No sorprende que así fuera, y así lo viene recordando la tradición oral pues, a fin de cuentas, los pueblos siempre han plasmado su cultura y costumbres en las letras de sus cantares. Y también así nos lo susurra La Abuela, la vieja encina que tantas veces vio el pie desnudo de una esperanzada muchacha entrando en el agua del Pilar. El viejo Pilar del Agua Vieja fue recientemente rehabilitado por el Ayuntamiento de Navalvillar de Pela, convirtiéndose en un hermoso lugar de encuentro en plena naturaleza.

EL PILAR DEL AGUA VIEJA

EL OLIVÓN DE LA POSÁ

Es el olivo más viejo y grande de este entorno. Su fama de gigante controlando todos sus dominios es casi tan antigua como el propio pueblo. Este venerable olivo pertenece a mi familia desde varias generaciones. Me contaba mi abuelo materno, Juan José Moreno Gallardo, que siendo él muy jovencito siempre escuchó decir que este árbol producía once costales de aceitunas. Hoy sigue manteniendo su poderío y bello porte, no teniendo rival que le haga sombra. Aún resuenan en sus viejas entrañas de madera las risas y voces infantiles: niños de varias generaciones que, jugando al “escondite”, buscaban refugio dentro de él.

El Olivón preside el paraje de La Posá. Se ubica junto a la sierra y al arroyo que desciende de ésta, regando los fértiles huertos que se asientan en sus laderas abrazadas por los zarzales, y que hacen de este lugar un bello vergel pleno de colorido. Son todo un placer para los sentidos los muy variados productos de los huertos (dependiendo de la época del año en que nos situemos: berenjenas, calabazas, coles, acelgas, fríjoles, tomates, pimientos, patatas; y frutales como naranjos y limoneros, “granaos”, nogales, perales, higueras, vides, membrilleros o “gamboos”). Sin olvidar las grandes extensiones de olivos que se alzan por doquier y de los que se extrae aceite de oliva de la más alta calidad, el afamado “Oro de Pela”, toda una seña de identidad de los peleños desde tiempos inmemoriales. Al conjunto anteriormente descrito se suman encinas y alcornoques, conformando todo ello un entorno encantador donde El Olivón ostenta un protagonismo indiscutible, como viejo y sabio guardián de aquellos campos desde la noche de los tiempos.

Se cuenta que en este lugar hubo antiguamente una Posá, que da nombre a este paraje y que estaba en la encrucijada de varios caminos, entre ellos, el Camino de Villanueva, por lo que es de suponer que el tránsito de personas y animales era continuo.

En La Posá, como era usual en aquella época, los viajeros y forasteros podían parar para comer, descansar y dormir, así como cobijar y alimentar a los animales y resguardar la carga y carruajes.

EL RARO DE VALDELOSILLA

El Raro está en un enclave único, como es el paraje natural de Valdelosilla, en la Sierra de Pela, catalogada como ZEPA. En ella pueden contemplarse buitres leonados, águilas reales, aguiluchos cenizos, cigüeñas negras y otras especies.

En esta zona de la Sierra lo que predomina son las encinas y alcornoques como especies arbóreas, junto a olivos, madroños, jaras, brezos, lentiscos y coscoja, entre otros.

Y dentro de los alcornoques destaca por su rareza y majestuosidad “El Raro”. Existe una leyenda que ha sido transmitida de forma oral, de generación en generación, por los sucesivos dueños de las fincas colindantes y que cuenta que El Raro se alzaba como un mástil en la linde de dos fincas hasta que un aciago día un rayo le partió en dos y le dejó tumbado y medio muerto. Nadie le socorrió. Cada una de las mitades de su tronco cayó en la suerte con que lindaba, y sus dueños, dando por hecho que ese era su final, ni siquiera retiraron los troncos, pensando que se secarían. Así de simple, pensando que se secarían.

Pero no fue así. Contra todo pronóstico, y para asombro de los dueños de ambas fincas y de todo aquel que conocía el paraje de Valdelosilla, El Raro se aferró a la vida con todas sus fuerzas, sus raíces arañaron la tierra hasta adentrarse en sus profundidades y fue así como renació, pese a las heladas invernales y los abrasadores veranos. Cierto que ya no era esbelto, su cuerpo tumbado producía tristeza y extrañeza, pero nunca se rindió. Supo buscar vida en las entrañas de la propia tierra que le había parido y sus ganas de vivir, con el paso de los años, le volvieron hermoso. Sin sombra de duda, El Alcornocón es hoy “único” en su especie, y no sólo por su abigarrada forma, sino también por ser el más claro ejemplo de supervivencia que se puede contemplar en la Sierra de Pela. A buen seguro, los dulces aromas y la brisa limpia de esta sierra obraron parte del milagro.

LA ERMITAÑA DE LA ERMITA DE SAN ANTÓN

Desde su atalaya, esta honorable encina vigila cuidadosa y celosamente a San Antón y su ermita, como una sacerdotisa protegería su sagrado templo. Y como tiene alma, es capaz de recordar tiempos pasados, cuando la ermita todavía era la Iglesia de Santa Catalina de Alejandría. ¡Cuántas veces vio sacar al Santo bajo palio y a nuestra Patrona la Virgen de la Caridad, así como a otros santos/as en procesión! Con estas rogativas y con la fe que tenían los peleños en sus santos, conseguían poner remedio al grave problema que estuviesen sufriendo, como una gran sequía, pues la falta de agua ponía en peligro sus cosechas y les traía el hambre, plagas o epidemias que causaban enfermedades y, a veces, la muerte.

Este árbol ha vivido grandes acontecimientos, como la celebración del San Antón, año tras año. Ha olido el dulce aroma de los “biñuelos” elaborándose en las vísperas de la Carrera; ha sentido el frío de enero meterse en sus huesos como un cuchillo helado; ha oído el toque del tambor y el bullicio de los chiquillos acompañando al tamborilero/a; y ha sufrido los mismos nervios que los jinetes y animales preparándose para la fiesta. Y en la noche de la Encamisá, al escuchar el pregón del mayordomo/a, de emoción ha llorado y vibrado porque un año más da comienzo la Carrera.

¡En el cielo los fuegos relampaguean
anunciando a los que ya no están con nosotros
que va a comenzar la Carrera!
¡Ya repican las campanas 
ya se encienden las hogueras 
todos dan vivas al Santo 
el tambor ya resuena 
y se iza la bandera!
¡La pasión se ha desbordado
ya comienza la Carrera!  
¡Peleñooos, forasterooos, sanantonerooos!
¡Viva San Antón! ¡Viva San Antón! ¡Viva San Antón bendito!

Y ella, la siempre amorosa encina, desde su humilde pero privilegiada atalaya, corre la carrera: bailando al son de la música, con el tambor da las tres vueltas; brindando con el vino de pitarra, gritando ¡vivas al Santo! Viviendo y sintiendo esa noche mágica como sólo los peleños pueden sentirla.


Las historias aquí contadas –unas reales, otras leyendas o relatos imaginarios– las he querido compartir con vosotros desde el respeto, el cariño y la admiración que tengo por estos “abuelos nuestros” que también son auténticos “monumentos naturales”.

Pero, en estas breves páginas también quiero homenajear a otro grupo de hermosos y vetustos árboles que, aunque tienen nombre, todavía no me atrevo a escribir su historia hasta escuchar atentamente su relato. Ellos son soberbios ejemplares de la naturaleza, con alma de juglares, conocedores de maravillosas historias y secretos que aún están por rebelar, pero que están deseando contarnos si estamos dispuestos a escuchar su susurro.

Sólo hay que mirar al Abuelo de los Pedregales, al Lisiado de las Casqueruelas, a la Hermosa de la Colá, a la Amazona de la Carrera del Caballo, a la Bisabuela del Chaparral, al Grandullón del Puente de la Molineta, al Gigante del Romeral y al Mástil de la Ermita de la Raña, para sentirnos atraídos hacia ellos, pues todos estos árboles ejercen, sin sombra de duda, el liderazgo en su entorno. Cada uno de ellos destaca por una singularidad: unos por su belleza, otros por su fortaleza o robustez y otros por sus rarezas o defectos. Pero todos comparten unas mismas cualidades: la fuerza, la supervivencia, la bondad y generosidad, la nobleza, el respeto, la sabiduría y, por supuesto, el “amor”. Nuestros árboles son parte de la misma Naturaleza que nos da la vida, el refugio donde sentirnos seguros y al propio tiempo libres. También son nuestra “familia”, nuestro “hogar”, porque su generosidad es inmensa: nos ofrecen todo lo que tienen, incluso más, como hacen los padres y abuelos con sus hijos y nietos. ¿Cómo no quererlos? ¿Cómo no protegerlos y cuidarlos? ¡Es imposible conocer a nuestros árboles y no quererlos!

Navalvillar de Pela, Navidad de 2021

Juana Guisado Moreno

EL ABUELO DE LOS PEDREGALES

El LISIADO DE LAS CASQUERUELAS

LA HERMOSA DE LA COLÁ

LA AMAZONA DE LA CARRERA DEL CABALLO

LA BISABUELA DEL CHAPARRAL

EL GRANDULLÓN DEL PUENTE DE LA MOLINETA

EL GIGANTE DEL ROMERAL (EUCALIPTO)

EL MÁSTIL DE LA ERMITA DE LA RAÑA (EUCALIPTO)

Juana Guisado Moreno

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